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TEXTO DIARIO, De Lunes 21 de diciembre del 2020.

 

 

Examinando las Escrituras diariamente 2020

Lunes 21 de diciembre del 2020

Dejen de juzgar por la apariencia exterior, pero juzguen con juicio justo (Juan 7:24).

En una profecía sobre Jesús, Isaías dijo: “No juzgará por la mera apariencia de las cosas a sus ojos, ni censurará simplemente según lo que oigan sus oídos. Y con justicia tiene que juzgar a los de condición humilde” (Is. 11:3, 4). Estas palabras nos animan mucho. ¿Por qué? Porque vivimos en un mundo lleno de prejuicios. Todos deseamos que llegue el momento en que nos juzgue Jesús, el Juez perfecto que nunca se dejará llevar solo por nuestra apariencia. Todos los días, nos formamos alguna opinión sobre otras personas. Pero, como somos imperfectos, no somos capaces de juzgar de manera perfecta, como lo hace Jesús. Tenemos la tendencia a dejarnos llevar por lo que vemos. Aun así, cuando Jesús estuvo en la Tierra, nos mandó no juzgar por “la apariencia exterior”, sino juzgar “con juicio justo”. Como vemos, él desea que sigamos su ejemplo y no nos dejemos llevar por las apariencias. w18.08 8 párrs. 1, 2.




NO JUZGUEMOS POR LA RAZA O LA NACIONALIDAD

¿Por qué cambió el apóstol Pedro su forma de ver a los gentiles? (Vea el dibujo del principio) y ¿Qué nueva verdad le transmitió Jehová a Pedro?

Imaginemos todo lo que pasó por la mente del apóstol Pedro cuando se le dijo que fuera a la ciudad de Cesarea, a la casa de un gentil llamado Cornelio (Hech. 10:17-29). Como los demás judíos de sus días, Pedro se había criado en una cultura en la que se veía a los gentiles como gente impura. Pero había vivido ciertas cosas que le habían hecho cambiar su punto de vista. Por ejemplo, había recibido una visión de Dios (Hech. 10:9-16). En ella, vio bajar algo parecido a una sábana llena de animales impuros mientras una voz del cielo le ordenaba que los matara y se los comiera. Pero se negó a hacerlo. Entonces, la voz le dijo: “Deja tú de llamar contaminadas las cosas que Dios ha limpiado”. Al terminar la visión, el apóstol estaba confundido y no entendía lo que la voz le quería decir. En ese momento, llegaron unos mensajeros de Cornelio. Siguiendo la guía del espíritu santo, Pedro los acompañó a la casa de este.

Los judíos jamás entraban en las casas de los gentiles. Así que, si Pedro solo se hubiera dejado llevar por las apariencias, nunca habría ido a la casa de Cornelio. Entonces, ¿por qué lo hizo? Fue gracias a lo que vio en la visión y a la guía del espíritu santo. Después de escuchar lo que Cornelio explicó, Pedro se sintió tan conmovido que dijo por inspiración divina: “Con certeza percibo que Dios no es parcial, sino que, en toda nación, el que le teme y obra justicia le es acepto” (Hech. 10:34, 35). Esta nueva verdad que recibió Pedro tendría un efecto en todos los cristianos. ¿En qué sentido?

¿Qué quiere Jehová que entendamos todos los cristianos? y Aunque sabemos que Dios es imparcial, ¿qué puede pasarnos?

Por medio de Pedro, Jehová ayudó a todos los cristianos a entender que él es imparcial. A Dios no le importan las diferencias de raza, etnia, nación, tribu o idioma. Acepta a todo hombre o mujer que le teme y hace lo que es justo (Gál. 3:26-28; Rev. 7:9, 10). De seguro, todos los cristianos sabemos que esto es cierto y pensamos que somos imparciales. Pero, si nos hemos criado en una cultura o una familia con prejuicios, puede que muy dentro de nosotros tengamos algunos. Incluso Pedro, que tuvo el privilegio de ayudar a otros a ver que Dios es imparcial, tiempo después demostró que todavía tenía ciertos prejuicios (Gál. 2:11-14). Entonces, ¿cómo podemos seguir el mandato de Jesús y dejar de juzgar por las apariencias?

¿Qué nos ayudará a borrar de nuestro corazón cualquier rastro de prejuicio? y ¿Qué reveló el informe que envió un hermano?

Para ver si todavía sentimos algún prejuicio, es necesario que comparemos nuestra actitud con lo que aprendemos en la Palabra de Dios (Sal. 119:105). También podemos preguntarle a algún amigo de confianza si ha notado que seguimos teniendo prejuicios (Gál. 2:11, 14). Pueden estar tan arraigados en nosotros que ni siquiera nos demos cuenta de ello. Veamos el ejemplo de un hermano con cierta responsabilidad que envió a la sucursal un informe sobre un matrimonio fiel de siervos de tiempo completo. El esposo era de una etnia minoritaria menospreciada por la mayoría de la gente. Por lo visto, el hermano que hizo el informe no se había dado cuenta de que él mismo sentía prejuicios hacia esa etnia. Aunque escribió muchas cosas buenas sobre el esposo, al final de su informe dijo: “A pesar de ser [de tal etnia], sus modales y su modo de vida ayudan a otros a entender que ser [de esa etnia] no necesariamente equivale a ser sucio y tener un estilo de vida inferior, típico de muchos de esa cultura”. ¿Captamos la idea? Sin importar la responsabilidad que tengamos en el pueblo de Dios, debemos analizarnos con cuidado y estar dispuestos a aceptar que otros nos ayuden a ver si en nuestro corazón queda algún rastro de prejuicio. ¿Qué más podemos hacer?

¿Cómo podemos demostrar que hemos abierto el corazón de par en par?

Si abrimos el corazón de par en par, el amor echará fuera los prejuicios (2 Cor. 6:11-13). ¿Tenemos la costumbre de pasar tiempo solo con los que hablan nuestro idioma o son de nuestra raza, etnia, nacionalidad o tribu? Si así es, tratemos de incluir a otros que tienen antecedentes distintos a los nuestros. ¿Por qué no los invitamos a predicar o a nuestra casa para comer algo o estar un rato con otros hermanos? (Hech. 16:14, 15). Si lo hacemos, nuestro corazón estará tan lleno de amor que no tendrá sitio para el prejuicio. Ahora bien, hay otras cosas superficiales que pueden influir en cómo juzgamos a los demás, como el dinero.

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